cerrar ventana
 
 
 
GERARDO SUTER / Plagios / fotografía, video, instalación
Galería del Teatro José Peón Contreras / Mérida, Yuc., México
Gobierno del Estado/Instituto de Cultura de Yucatán
hasta el 26 de noviembre de 2006
 
GERARDO SUTER ©
GERARDO SUTER ©
pulse sobre imagen para agrandarla
 
 
LA HERENCIA DEL PROFESOR RETUS.
 
Por Marco Díaz
Mérida, Yucatán.
Octubre 2007.
 

A mediados de los años 80, una noticia sorprendió al círculo artístico de la Ciudad de México: que la obra del fotógrafo Gerardo Suter era un plagio. ¿Entonces quién era en realidad el autor? El escritor Alfonso Morales filtró la verdad, era el profesor Retus. De inmediato, los periodistas culturales corrieron hasta el taller de Gerardo para preguntarle y hacer más grande el escándalo. Él, que se encontraba revelando unos negativos sobre Mitla de dicho profesor, les respondió con una larga perorata sobre la “apropiación y la legitimización”. Los reporteros, que copiaron todo pero no entendieron nada, publicaron en las secciones culturales, de manera unánime, lo siguiente: “Dice el maestro Suter que el plagio es una categoría del arte”.

Intrigado por esta historia que el propio Gerardo me contó, le inquirí quién era de verdad el profesor Retus y cuáles eran sus deudas artísticas para con él. Apenas me contestó, “es un hombre que pertenece al tiempo”, frase que plagió a su vez de la viuda del profesor Retus. Visto entonces que iba a proteger a capa y espada su fuente de inspiración, entonces me dediqué a rastrear por Internet las escasas referencias a este profesor, y hallé que había sido un arqueólogo alemán que llegó al país hacia los años 20 para de inmediato retirarse a los alrededores selváticos de Palenque, donde desapareció, e iniciar un registro fotográfico de la ruinas precolombinas de México y Centroamérica.

Con tales antecedentes, fui a entrevistar al Dr. Adam T. Sellen, un gran conocedor de los arqueólogos viajeros europeos que a cuentagotas comenzaron a llegar en el siglo XIX hasta convertirse en las masas de turistas de hoy en día. Cuando escuchó el nombre de Retus, soltó tremenda carcajada. Sin detener la risa, abrió un pequeño armario donde divisé muy extraños libros, como el volumen XXVI de la The Anglo-American Cyclopaedia citada por Jorge Luis Borges, y de un paquete polvoroso salió un libro infeliz y pequeño: Meine Mittelamerika, del profesor Retus, fechado en 1918, en Berlín, cuando apenas soñaba con viajar a México.

“Es el libro más estúpido que tengo en mi biblioteca”, sentenció el doctor Sellen. “Es un plagio de los escritos de grandes viajeros como John L. Stephens y Frederick Waldeck, adosado además con grabados y fotos de Désiré Charnay, Augustus Le Plongeon y Frederick Catherwood. Sólo que él asume que ha hecho ese viaje y que encima le dio el tiempo para recoger esas imágenes”. Soltó otra carcajada y continuó, “Cuando fue descubierto haciendo trampa, a principios de los años 20, huyó entonces a México para evitar la demanda de su editorial”.

Pasó un buen rato de silencio entre los dos, mientras hojeaba el ya para mí simpático libro, donde venía una foto del doctor. De pronto, el doctor Sellen me confesó: “yo conocí al profesor Retus”. ¿Cómo?, le pregunté rápidamente. “Fue a mediados de los años 70, durante un receso de la Segunda Mesa Redonda de Palenque; había salido a dar un paseo en solitario por la selva. De repente, caí desmayado. Al abrir los ojos, estaba ahí, limpiando unas placas fotográficas bajo una tienda de campaña. Lo reconocí al instante, y lo primero que hice fue reclamarle cuál había sido el motivo de su infame libro del 18. Lo único que me dijo, si no mal recuerdo, fue ‘soy un hombre que pertenece al tiempo’, así que me carcajeé delante de su cara, tanto que me desmayé de la risa. Cuando desperté de nuevo, ya se había ido con todo y tienda, seguramente enojado por mi descortesía”.

Tratando de sacar más detalle de aquel increíble encuentro que evidenciaba no querer recordar más, me comentó que le pareció ver a un lado de la tienda del profesor una máquina telegráfica inalámbrica. Entonces regresé de inmediato a mi casa, bajé de Internet un manual para construir un telégrafo y convencido cada vez más de que el profesor Retus es un hombre que viaja y “pertenece al tiempo”, me nació la esperanza de que podría comunicarme con él como en los años 20.

Tras un día sin dormir, finalicé mi máquina telegráfica y mandé mi primer mensaje: “atención, universo”. Una hora después, recibí un sorprendente mensaje: “atención, tiempo. Retus”. La comunicación estaba dada. Las próximas ocho horas conversamos sobre su vida y sobre Gerardo Suter, que era mi objetivo, y dijo cosas que yo consideraría, como los titulares de los periódicos de los años 20, de sensacionales, porque es la primera vez que un arqueólogo se toma la molestia de opinar sobre artes visuales.

Vox populi, se sabe que Gerardo Suter consiguió todo el trabajo del profesor Retus en la ganga de un chacharero de La Lagunilla. Éste a su vez, lo compró casi regalado a la viuda del profesor, quien había envejecido en un departamento de la colonia Roma esperando a que algún día su marido volviera. Esa obra llegó mediante extraños paquetes que alguien dejaba en la puerta, como si fuera correspondencia extraviada, mismos que la viuda recogía como si fuera la botella de leche, y que guardaba como si fuera dinero envuelto pero sin jamás preocuparse por abrirlos.

Pues bien, el profesor Retus me lo explicó todo a detalle: “la arqueología es el arte del plagio, es el escape de los artistas como yo que hemos dejado de creer en la originalidad, en la inspiración y en la visita de las musas. Ciertamente, la fotografía vino a hacer más fácil nuestro trabajo (...). Hacia 1917, cuando sospeché que iba a multiplicarse esa cosa denominada la vanguardia, me apresuré a terminar mi primera obra y también suerte de manifiesto que fue Meine Mittelamerika, en la que recojo lo que yo soñé escribir sobre las grandes civilizaciones. Gracias a eso fui un viajero antes de viajar”.

“Por desgracia, mi editor sólo imprimió 1,000 ejemplares, que fueron todos consumidos por la hoguera del nazismo, al grado de que también me vetaron en la famosa exposición de “Arte Decadente”. El único ejemplar que me quedó, lo vendió mi esposa a un librero de viejo, donde lo consiguió el Dr.Sellen. Por cierto no huí de mi editor, más bien el huyó de mí, incluso me dio una fuerte cantidad de dinero para que me fuera de Alemania. ‘Eres demasiado expresionista aún para el propio expresionismo’, me dijo para halagarme y no se lo acepté”.

“Vine a México, porque me dijeron que aquí habían estado los viajeros que tanto admiro y porque pretendía seguir su camino. Me instalé en la colonia Roma, dejé a mi esposa a cuidar la casa, y fui a Palenque. Una noche, mirando fijamente la hoguera, descubrí que yo pertenecía al tiempo y que la segunda ley de la termodinámica no me lo iba a impedir. De pronto, mis brazos y mis piernas se volvieron como el humo hasta tomar todo mi cuerpo. Cuando la hoguera se extinguió, volví a ser otra vez yo mismo pero hallé que era otro y que podía atravesar las cosas, así como el tiempo atraviesa la historia”.

“Muy feliz, aprovechando esta capacidad, me dediqué por entero a la fotografía de las antiguas ciudades americanas en las siguientes décadas; preocupado por mi mujer, comencé a enviarle copia de mi obra por medio de paquetes que ella, no se por qué, nunca abrió. Tenía la esperanza que organizara una exposición individual mía. Hacia finales de los 70, me cansé de esta comedia. Así que entre las sombras me puse a buscar un sucesor. Fue así que hallé a Gerardo Suter. Lo descubrí con el chacharero comprando fotos que luego exponía poniéndole su propia firma. Él tenía mi arrebato y mis mismas ambiciones. No fue difícil entonces hacer que cayera en sus manos mi obra fotográfica completa”.

“Así, lo que hace Gerardo, es lo que yo hacía antes, y es lo que llegaron a hacer los viajeros que me precedieron. Técnicamente el plagio no existe, sino que la aptitud de saber repetir bien ciertas cosas es lo que nos transforma en artistas. Las ruinas que vio Stephens ya no eran las mismas cuando yo las visité, ni tampoco son hoy iguales, aún cuando Gerardo use mi obra. Lo que cuenta es lo que él siente y desea transmitir en mis fotos. Finalmente, artistas como yo heredamos algo parecido a los poemas, nadie lo leerá igual. Lo mismo pasa con esas antiguas ciudades llamadas hoy zonas arqueológicas. Nos cansaremos de fotografiarla, plagiarla y hasta transformarla, pero nunca jamás sabremos por qué llegaron ahí antes que nosotros”.

Al finalizar nuestra conversación telegráfica, me di cuenta que llevaba dos días sin sueño. Y sin querer, me dormí; al día siguiente, noté que la máquina había registrado una posdata del profesor Retus: “procura no desmayarte, y si lo haces, no abras lo ojos, de todas maneras no estaré ahí”.

 
GERARDO SUTER ©
 
 

INSTITUTO DE CULTURA DE YUCATÁN
av. itzáes nº 501-c por 59 y 65
col. centro, c.p. 97000
mérida, yucatán
tel. +52 (999) 9 30 47 00, ext. 54019

 
cerrar ventana
 
ARTEVEN.COM