La exposición
Fósiles urbanos (2000) de Héctor de Anda, constituyó el inicio de una larga línea de exploración de las implicaciones de un solo tema, que él ha tratado mediante distintas técnicas y en diversos campos semánticos. Lo que en 2000 fueron paráfrasis pictóricas de las composiciones aleatorias resultantes del desordenamiento de los paneles de los anuncios espectaculares y, por tanto, de sus imágenes, logotipos y lemas, en 2002 fueron intervenciones performáticas y directas de espectaculares reales por toda la ciudad de México, y en 2005 fueron instalaciones museísticas itinerantes de espectaculares auténticos al lado de espectaculares parafraseados. Y ahora, en 2006, la síntesis de este largo navegar de la galería al ámbito urbano y al museo, son estas pinturas sobre cajones de cimbra de madera cuya conformación modular es semejante a la de los espectaculares y que, como éstos, también son esqueletos constructivos, alterables y desechables, con la salvedad de estar originalmente vacíos.
La diferencia estriba ahora en la negrura de los fondos y en la conformación de trípticos a base de cimbras “vacías” y cimbras “cargadas”. En las etapas anteriores, la atracción verdadera fueron las imágenes y los letreros que al fragmentarse y alterar su orden generaban formas cuya incoherencia resultaba mayormente significativa que el original, pues conllevaba una reflexión sobre el caos creado por los lenguajes visuales urbanos. Ahora, las cimbras de Héctor de Anda implican un reinicio o un remate del tema a partir de un cero virtual, pues la experiencia previa ha diversificado sus posibilidades de lectura. Fragmentos de letreros, de imágenes, de manchas y pátinas son motivos compositivos secuenciados cada vez diferentemente a pesar de ajustarse a un solo patrón modular vertical. Después de tanto camino andado, De Anda se ha concentrado en el logro de equilibrios dinámicos de formas que, aunque purificadas, no ocultan sus referentes y, por tanto, la riqueza de sus connotaciones.