En Causas y razones de las islas desiertas Gilles Deleuze, a la pregunta favorita de los antiguos exploradores: ¿qué seres existen en la isla desierta?, respondía: allí existe ya el hombre, pero un hombre extraño, absolutamente separado, absolutamente creador, en definitiva una Idea de hombre, un prototipo, un hombre que sería casi un dios, una mujer que sería casi una diosa, un gran Amnésico, un Artista puro, conciencia de la Tierra y del Océano, un enorme ciclón, una hermosa hechicera, una estatua de la Isla de Pascua. Esta criatura de la isla desierta sería la propia isla desierta en cuanto que imagina y refleja su movimiento primario. Conciencia de la tierra y del océano, eso es la isla desierta, dispuesta a reiniciar el mundo.
Estas palabras de Deleuze, en su hermoso texto La isla desierta, nos sirven para aproximarnos a Juan Gopar. La isla es un latido intermitente, intervalo donde se dan cita los avatares efímeros que obedecen a una lógica azarosa y desperdigada, un sujeto hecho de recorridos trasversales e inciertos.
Gopar es un hombre con un barco bajo el brazo, un barco que cuenta y con el que se cuenta, relato y puente, del que sólo sabemos con certeza que ha zarpado en algún lugar pero que todavía no ha llegado. En toda la obra de Juan se encuentra esa ambigüedad inabarcable, inquietante, que no tranquiliza. Desde la pintura petrificada de los 80 hasta la desmaterialización y fuga del soporte, todo su trabajo mantiene la misma tensión indescifrable que lo sitúa a medio camino entre la posibilidad y la voluntad de representar el mundo. No resulta fácil definir un trabajo que se encuentra entre la pintura, la escultura y la arquitectura, y es en esa indeterminación, escapándose, negando todas las características que pudieran atraparlo y deportarlo, donde el trabajo de Gopar vive.
La exposición Sujeto desnaturalizado en la galería Alfredo Viñas en Málaga, reúne las piezas Mujer cruzando un puente, o las esculturas Guadalhorce y Guadalmedina, nombres de ríos. La obra presentada vuelve a incidir en la idea de transitoriedad y nos recuerda que el movimiento es la dimensión empírica del espacio, lo que lo hace experimentable. Guadalhorce también es el nombre del barco en el que se produjo el naufragio. Es el origen del relato, de él parte y a él vuelve. Lanzarote, Las Palmas, Santiago de Cuba, La Habana, Jacksonville, Nueva York, Lisboa, Huelva, Lanzarote, son escenarios móviles que tejen y destejen cinco mujeres en un patio que sostiene el cielo el mundo. Ya no existen paisajes fijos e inalterables que hereden los nietos, el mundo se mueve. La posibilidad de estar en todas partes ya no es sólo una cualidad de Dios. En el mar no hay lugares, solo travesía, una travesía de la que no queda nada, como máximo una estela efímera, un lejano rumor de ola en la orilla.
© G.E. 2006