Como acertadamente señaló en 1996 el crítico de arte Luis Lama sobre los trabajos de la entonces flamante egresada de la Escuela Nacional de Bellas Artes de Lima, Erika Nakasone, resulta “inusual” la interrelación entre “audacia y reflexión... ese lirismo de texturas y colores que ella se encargaba de romper con la contundencia de objetos integrados...” No cabe duda que los años han depurado su visión al punto de lograr una equilibrada fusión entre sus raíces andinas y niponas que se traduce en los objetos policromados que produce con finura artesanal pero que se inscriben en un planteamiento estético de vanguardia.
Sus objetos, a la vez pictóricos y escultóricos, se conectan con la imaginería tradicional ayacuchana al asimilar los retablos que, como se sabe, eran altares rodantes, es decir, espacios sagrados con fines evangelizadores y que Nakasone reinterpreta lúcidamente otorgándoles un contenido simbólico que, entre otros significados, busca enfatizar el cordón umbilical de esta artista transeúnte con sus orígenes nikeis y resolver armónicamente sus contradicciones, otorgándole un carácter universal que trasciende cualquier regionalismo o particularidad étnica o de género.
Se trata de elaborados objetos de madera que se abren y se cierran y que a veces sugieren kimonos o yukatas pintadas con la técnica del bingata que prolijamente ella investigó en Okinawa (pintura sobre tela para las vestimentas de la nobleza del imperio del Ryuku), impregnadas de diseños contemporáneos y colores primarios que la emparentan espiritualmente con el pintor catalán Joan Miró, por sus cromatismos y contrastes, o con el holandés Piet Mondrian, por su exacerbada geometría sintética, entre otros grandes artistas abstractos, sin excluir las reminiscencias minimalistas y del arte povera que marcan su obra y que, ciertamente, le permiten ir más allá de los formatos bidimensionales de los lienzos o los materiales asociados tradicionalmente a la expresión artística como son el bronce o el mármol.
Son objetos ya no religiosos aunque no del todo desacralizados, pues son más bien “mágicos”, casitas donde se oculta la intimidad pero que invitan al espectador a tocarla, a descubrir sus mecanismos de apertura y cerrazón, inspirando una relación lúdica y a la vez enigmática pues no se sabe bien qué terreno se está pisando, acaso el de los sueños que se entretejen en estas obras laboriosas pero sutiles, propias de una artista fecunda como es Nakasone.
Ella reconoce su interés por los pintores indigenistas como Sabogal y Julia Codesido, pero especialmente es la admirable pintora surrealista Tilsa Tsuchiya a la que consciente o inconscientemente Nakasone rinde tributo, no sólo por la ascendencia nikei que comparten sino por esa alturada visión que le da la posibilidad de una original simbiosis entre el arte occidental y las raíces milenarias de las culturas precolombinas de los andes sudamericanos y de sus ancestros nipones.