La inspiración no es más que el resultado de un trabajo racional y constante. En este sentido podríamos decir que Marisa Boullosa es una artista inspirada a la que se le ocurren nuevos temas que le permiten desarrollar formas de hacer y construir su obra. Dotada de una enorme intuición y capacidad de trabajo, Marisa Boullosa ha sabido ir trazando un camino propio y con él consolidando unos territorios en el campo del arte figurativo. Su manera de producir, por series de obras en torno a un tema, le permiten insistir en aquellas intuiciones plásticas sobre las que quiere investigar y conocer. En la serie de los últimos tres o cuatros años, que titula
Migrant, migrante = USA (que comenzó a trabajar en 2003, cuando estuvo en Nueva York, en el Pratt Institute), afianza su pisada en el proceloso y mortecino mundo de la gráfica y un tema que le preocupa: la migración de ciudadanos de América Latina a Estados Unidos. La artista se ha arriesgado a caminar por territorios pantanosos, pedregosos o calcinados, lo que le ha permitido atisbar algunas salidas a la situación de estancamiento general que parece sufrir la obra gráfica.
Ciertamente, estas obras parecen situarse en las antípodas mostrándonos, con una cierta distancia, el mundo “otro” y, de esta manera, negar cualquier posibilidad de autoproyección o identificación y, sin embargo, las sensaciones de angustia o terror, provocadas por las ruidosas masas de gentes que desean cruzar las fronteras o por los silientes espacios vacíos impiden que el espectador quede emocionalmente indiferente ante su contemplación. La infinidad espacial, el extrañamiento, la cualidad serial de los elementos, la saturación del color y el tamaño de las obras ayudan a configurar un tipo de imágenes que, sin renunciar a una relación directa con la realidad que ilustran, se convierten en auténticos paisajes de sublimidad.
Boullosa, como otros artistas, muy probablemente no se plantee estos retos, pero no se ha parado a recoger los primeros éxitos fútiles, copiándose a sí misma, sino que sigue andando por territorios en los que habrá que abrir caminos. Así, juega ahora con la imagen fotográfica, con el objeto encontrado, con la construcción en collage, con los formatos publicitarios, con la ilusión de volumen con el signo y el gesto, con la provocación de las imágenes, y desde luego, con un tema espinoso. Nada de esto es realmente nuevo ni propio, pero sí lo es la manera cómo está elaborando su trabajo con estos temas.
Su obra reciente insiste muy agudamente en la capacidad alegórica y trágica, pero creo que, más interesante que la tragedia, es lo que hay de meramente plástico en esta serie de Boullosa, lo que supone situarse en los bordes del territorio gráfico, ya que parece como si cada serie indicara uno de los puntos cardinales que señala una posible dirección en la que habrá que seguir para abrir nuevos caminos. En conjunto, lo que nos muestra esta obra última de Boullosa es el enorme mérito y la sabiduría de una artista capaz de hallar un camino para la gráfica allí donde parecía que apenas la había.