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VERA ANDRÉ / Después del Viaje / pintura
Instituto Cultural de México en Miami / Miami, Florida, E.U.A.
del 8 al 30 de junio de 2006
 
VERA ANDRÉ: Sencillo, lunita, 2005
VERA ANDRÉ: Sencillo, lunita / óleo y papel sobre tela / 160 x 127 cm. / 2005
 
 
VERA ANDRÉ: LA PASIÓN POR LAS FORMAS.
 
Por Miguel Ángel Muñoz
 
Siguiendo las huellas últimas de Ad Reinhardt, Balthus, la tranquilidad y equilibrio de Morandi, pero también la densa atmósfera de los colores e iconos orientales, la pintura de Vera André continúa puliendo su fascinante paisaje nocturno, ése que ahora nos muestra bajo la hermosa advocación de “pequeños símbolos”. Aunque no le falten antecedentes históricos, sobre todo, desde que la pintura naturalista descubrió el rendimiento melodramático del claroscuro, pintar nocturnos mágicos no dejó de ser rareza hasta llegar a nuestra revolucionaria época, que se hunde con pasión en lo insólito y paradójico. Pintura que empezó a destacar a fines de la década de 1990 para encontrar, cada vez mejor, su camino durante la siguiente del 2000, en cuyos últimos años ya se afincó en el trance pictórico de enfrentarse con la imagen simbólica del color, Vera André ha insistido en esa absorbente y huidiza plasmación del rojo, del ocre, del azul, donde rebullen todos los colores, pero al límite de su visibilidad, porque el horizonte así se achata entre tinieblas y se convierte en un telón jaspeado de inciertos brillos fugitivos. La linealidad narrativa que la propia artista nos impone al describir su evolución, induce a considerar como un sencillo intercambio de influencias el duro proceso de concreción formal. Todo un desafío. Las obras de esta artista se hacen en su tiempo, pero invocan una legitimidad de mayor alcance en contraposición con los genuinos modelos ideales a los que remiten: la estatuaria helénica preclásica, el mundo plástico del viejo Egipto y la conciencia artesanal del cantero renacentista. Curiosamente el dibujo es el núcleo de su trabajo.

Pero volver una y otra vez sobre el mismo sortilegio pictórico nunca es en vano y, en este sentido, la apretada fijación con que André ha mirado ese parpadeante espacio animado por turbios resplandores y la intensidad de su pugna plástica por lograr enjaretar las extrañas maculaciones cromáticas que pululan por la plana superficie cuando se extinguen las luces, poblando las noches de fulgores temblorosos y formas opacas, ha dado un estimulante fruto, de regusto hondo. Las formas crean un red de relaciones necesarias. El uso de una técnica que mezcla el grafito y el óleo proporciona a sus imágenes una textura entre lo mineral y lo orgánico, un paisaje que brilla como el carbón, pero también con la sensual suntuosidad de unas flores de ceniza. El blanco y negro de este jardín, con sus, a veces, cegadores contrastes, pero, otras, con su oceánico rebullir de ocres, nos va descubriendo también los azules y violetas cobalto, los sordos destellos del carbunclo; los mil matices que han convertido la visión mitológica de su pintura en un pozo lleno del color, los colores, los fríos visajes de esa belleza que acecha en la oscuridad para exclusivo regocijo de una vieja luna hechicera y de ese pintor que se planta bajo su mano. ¿Qué manera de vivir la pintura?

 
VERA ANDRÉ: Aquí, centro, 2006
VERA ANDRÉ: Aquí, centro / óleo y papel sobre tela / 100 x 150 cm. / 2006
 
Vera André en ARTEVEN.COM
 
 
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