Suspensión y fuga de la tela, tal vez esa es la frase que podría nombrar, con la consistencia del nombre y la levedad del color, a ciertas zonas de los cuadros pintados por Susana Sierra. Pero junto a lo ingrávido, en un deslizamiento sin contornos precisos, hay regiones sombrías en las que la percepción del ojo descubre una densidad homologable a la abstracta, blanca, neutra, cegada y sesgada espesura de lo nombrado. A propósito, si se observa una obra como Confluencia, exhibida en el Museo José Luís Cuevas en 1998, ese contraste entre lo tenue y lo denso, entre el paso gradual de la oscuridad a la luz, esboza un eco remoto con algo tan inapresable como innombrable. Muchas pinturas de Susana Sierra se colocan y nos colocan, simbólicamente hablando, en un camino que parece no tener salida. Y al mismo tiempo, esa oclusión es un espacio expansivo, colmado de ricas texturas y transparencias, de velos tonales y de vacíos, allí donde el vacío se conecta con redes que entrelazan la interioridad de la artista con los signos invisibles del cosmos.
Es necesario señalar que, desde hace décadas, la puesta de la materia en los lienzos de Susana Sierra posee una aspereza proveniente, quizás, de algún ángulo oscuro, algo que está en el subsuelo de la conciencia. Tal procedimiento se cumple muy bien en cuadros como los que componen la serie de los Aerolitos, en los que predomina el negro, los craquelados, la caída pesada del trazo y de la mancha. Pero en otros cuadros, permeados por un lenguaje más cercano a lo poético que a la prosa, si cabe esta comparación, lo ríspido se acentúa.
Desde su última exposición en la Galería Juan Martín y en los cuadros realizados para su actual muestra en el Museo del Arzobispado, Susana Sierra ha incorporado a sus amplios espacios una serie de elementos que ondulan entre la geometría y el trazo. Es un habla preformal, hecha de laberintos y jeroglíficos aislados de la historia del habla y del ícono, una escritura secreta y, por eso mismo, igualmente ahistórica.
Para concluir, habrá que decir que si la pintura de esta autora se inserta en la larga tradición del expresionismo abstracto, hay en su diagrama un engarce, algo indecible, que perfila y define su singular estilo.