Uno de los elementos que definen la imagen fotográfica es la relación espacial como condición indispensable para que la fotografía sea tal y no otra cosa. Para que una imagen fotográfica exista es indispensable que coincidan en un momento dado, un sujeto y un dispositivo de captura de imágenes en una relación espacial específica. El espacio en el que se da ese encuentro de sujeto y fotógrafo, frecuentemente pasa a ser el sujeto mismo o por lo menos contiene y determina en importante medida al sujeto, así como la intención y el sentido de la obra fotográfica.
Partiendo de la idea de ese encuentro como premisa para que la imagen exista y sea, tendemos a leer las imágenes de forma literal y descriptiva, una de las cargas más pesadas de la imagen fotográfica. Pero todas las fotografías son ambiguas por naturaleza. Todas han sido sacadas de contexto en términos espaciales y temporales, la discontinuidad siempre produce ambigüedad. En la realización del trabajo fotográfico, se pasa por un proceso que sería como armar un rompecabezas que aún está por hacerse; el espectador de la imagen toma el rompecabezas inconcluso y lo arma añadiendo sus propias ideas, experiencias, expectativas y fantasías. De ahí que la libertad del fotógrafo para interpretar, más que trasladar apariencias del mundo existente, redunde en infinitas posibilidades de lectura.
Así pues, uno de los elementos condicionantes de la imagen fotográfica se convierte con frecuencia en sujeto mismo de la obra, con propuestas que van de la percepción directa de un espacio hasta la fantasía más extrema en la creación de un espacio auténticamente inexistente, pasando por la evocación y creación de un espacio o una idea, a través de otro espacio construido ex profeso para la imagen.
La exposición del estudio de impresión Carbón4, se ocupa de diferentes acercamientos a espacios geográficos, arquitectónicos, urbanos ó míticos, que ponen de manifiesto la relación de cada fotógrafo con el sitio que deciden abordar, relaciones que son siempre intensas y personales y que se convertirán en los propios espacios que cada espectador evoque o interprete.
Gabriel Figueroa con sus Lugares prometidos va al extremo de construir espacios arquitectónicos, por la suma de lugares en principio disímbolos, que confluyen sólo en sus imágenes, cuyos antecedentes visuales se pueden encontrar en los grabados de Piranesi o las construcciones fantásticas de Escher. Siempre dejando alguna evidencia de la construcción digital, sugiere que no pretende engañar al espectador sino proponer su fantasía, en muchos casos con cualidades oníricas.
La serie Ciudad desierta de César Flores propone una ciudad de México imposible, antítesis de lo que físicamente vivimos pero metáfora de lo que íntimamente sucede a sus habitantes, que terminamos aislados en una multitud, experimentando los espacios, edificios y estructuras de un modo personal, eliminando del contexto lo que nos estorba en la experiencia de ver y estar.
Para Ricardo Garibay las ciudades son una sola, no hay diferencia fundamental entre una y otra pues parten del mismo principio y, al devenir de la Historia, todas tienen elementos afines pues obedecen en su creación a las mismas necesidades básicas. Al principio los hombres construyeron las ciudades, desde el primer montón de piedras, y luego las ciudades han redefinido a los hombres pues determinan su desarrollo como individuos. Así pues, terminamos viviendo bajo estos otros cielos más cercanos que el natural, que son las estructuras creadas para protección y terminan siendo nuestro paisaje cotidiano y a la vez, el esqueleto de nuestras creaciones.
Silvia González de León opta por ocupar de manera literal el espacio que elige como sujeto, evidenciando el proceso fotográfico y proponiendo una experiencia del transcurrir del tiempo de exposición en sus imágenes. Con su intervención del espacio, se ve a sí misma, nos hace verla entrar y permanecer en ese espacio como si a partir de ese instante pasara a ser parte inseparable del paisaje.
Las nubes son a la vez elemento concreto y referencia conceptual con implicaciones muy diversas dependiendo de los referentes del fotógrafo y del espectador. Al conservar la referencia del horizonte en sus imágenes, Javier Hinojosa “aterriza” las nubes para que podamos relacionarnos con ellas y quitarles un poco de su cualidad etérea y, es finalmente a la tierra a donde nos remite por vía del cielo, en este caso sí, real y natural.
Patricia Lagarde utiliza un espacio mítico para hacer una revisión personal del propio laberinto por el que se transita desde la infancia en el desarrollo personal: el laberinto de la memoria. Construye este sitio con la materia prima esencial de la fotografía, la luz, y a partir de la luz crea el espacio en un proceso en que el volúmen deviene superficie plana y viceversa, en una fluctuación determinada por el punto de vista y la relación de los espacios positivo y negativo, de la polaridad fotográfica de luz y sombra.
El sitio y el espacio en que se inicia el proceso fotográfico hace pues la imagen en gran medida, los fotógrafos entienden su entorno a través de la imagen, en ocasiones se encuentran sitios que persiguen al fotógrafo insistentemente y ¿cómo se libera uno de una obsesión, cuando se es fotógrafo, si no fotografiando el objeto de esa obsesión?