El formato panorámico ha sido tradicionalmente utilizado como el espacio épico por excelencia: el paisaje, el espacio como protagonista (de primera magnitud) y la figura (la presencia humana) como actor de un drama desigual en el que finalmente, siempre vence David. Es lógico que haya sido así pues sus proporciones alojan con facilidad núcleos de interés que luchan visualmente por dominar ese encuadre tan cercano al mirar humano (¿qué sería del western sin el scope?). En menor medida esa “épica” ha reflejado los aspectos íntimos, cotidianos, ha sido el soporte para la visión cercana de quien no se ocupa de los “grandes conflictos”, sino que se detiene en situaciones donde no sucede nada. Ante este caso singular nos encontramos. Sin embargo la originalidad de la propuesta de Antonio Jesús García reside en el énfasis que pone en compartir con nosotros (espectadores) su punto de vista: no tanto el físico de la toma, como el mental. El carácter bidimensional de las composiciones nos permite explorar con libertad el espacio fotográfico, establecer nuestras propias conclusiones, aceptar (o no) la invitación. Podemos entonces experimentar la quietud como principio y esencia del fluir de lo real. Encuentro de contrarios. Dialéctica de la mirada. ¿A quién veo a través del visor? ¿Podré reconocer la huella de mi propia sombra de mirón en la imagen? Ahora no hay ningún tema, ninguna literatura que pueda entorpecer esa búsqueda interior en que debe consistir el ejercicio de la mirada, el acto de la visión. Aquellas fotos de Calles, televisores y un Cadillac pedían estos Panoramas como un desarrollo, como una evolución y un crecimiento de esa mirada humanista, exenta de otras pasiones que no sean las del mirar, dueña del desprendimiento, entonando aquí una voz más personal. |