A fines de la década de los 80 la plástica cubana comienza una etapa de renacimiento en el que los artistas toman los espacios oficiales como las galerías 23 y 12, y L y 21 del Vedado, caracterizada por una constante búsqueda de la identidad colectiva y por un barroquismo que lo distingue del resto de las Antillas, para presentar proyectos que originaron una brecha en el esquema tradicional y en la que se percibía una intención de marcar una nueva pauta o rumbo, resultado de una apetencia de la libertad intelectual y en la que la creación no se vio afectada por los ismos propios del territorio continental y de la necesidad de los mercados internos. En cambio, el reforzamiento académico de esas generaciones de creadores, aunado al aislamiento cultural, dieron como resultado un grupo de artistas que cuestionaron las ideas usuales bajo una mirada de introspección, atrayendo la atención internacional. A ese movimiento se unirían jóvenes alumnos de la Escuela Nacional de Artes Plásticas, de San Alejandro o del Instituto Superior de Arte que enriquecerían el ámbito artístico, entre ellos se encuentra Ángel Ricardo Ricardo Ríos (nacido en Cuba en 1965 y radicado en México desde 1991), quien comenzó presentando propuestas alternativas que generaba a partir de cuestionamientos al panorama internacional. Estos antecedentes que devienen en una búsqueda personal y en la que los objetos van perdiendo su significado útil o atributos intrínsecos a su propia naturaleza bajo una descontextualización de sus formas cotidianas-domésticas como columnas, cojines, almohadones, lámparas, sillones, tazas, etc., y recuperan un significante conceptual como objetos irónicos cuestionadores, en los que únicamente se rescata su aspecto meramente formal, sin evocaciones de su entorno original ni referencias paisajísticas, consolidándose en una propuesta postmoderna. Estos objetos domésticos comunes marcados con un sentido propio escultórico objetual llevados a la pintura, delatan una actitud lúdica en la que puede verse de manera directa la fusión de la arquitectura y diseño con la plástica, y que sirven de pretexto para una descarga gestual de dibujo o del draiping, con trazos rápidos y limpios, con los que se plantea la primera intención de su obra, y a la que agrega colores directos a través de grandes pinceladas o fuertes cargas que parecieran quedar pendientes para provocar la meditación. Obras pictóricas por las que se transfiere al espectador a mundos metafóricos de carácter erótico-grotesco llenos de energía y en los que se intuyen descargas de sexualidad inherentes a través de elementos fálicos o de sus texturas blandas y duras vomitando o expulsando líquidos, lo que nos demuestra una posición abiertamente transgresora y a veces burlona. Por su lado, en la escultura nos remite o relaciona al aspecto gestual y espontáneo de la obra bidimensional, en la que se rescatan los aspectos volumétricos con toques de gigantismo o exaltación de lo cotidiano, que da como resultado objetos de una vocación arquitectónica o de diseño, constante en su obra, y que se aproximan a su fin útil sin que necesariamente éste lo sea. Objetos-arte u arte-objetos, en los que crea artilugios con los que entabla una relación-acción con el espectador convirtiéndolos en parte intrínseca de la obra a manera de ready-made, por su propia naturaleza de contemplación-descontextualización de su uso original. Ángel Ricardo elabora un abecedario con el que conforma sus presupuestos emblemáticos en el que, con la repetición de sus elementos, asegura la trascendencia de su obra, y es mediante estos objetos alucinados con rasgos orgánicos o amorfos, a manera de estructuras desfuncionalizadas con una carga explícita de sensualidad, que nos presenta una embriagante dualidad o variedad de cuerpos escultóricos como juguetes perversos u objetos metafóricos. Es así como hablar de la obra de Ángel Ricardo Ricardo Ríos es mencionar el cuidadoso y personal trabajo de un artista que abarca múltiples disciplinas creativas, y que traduce los objetos cotidianos a elementos de un alto valor artístico con un lenguaje personal y expresivo, con lo que se confirma lo dicho por Kant al aseverar que “la belleza artística no consiste en representar una cosa bella, sino en la bella representación de una cosa”.
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