 | |  |  | | | | | ARTEVEN.COM | | | | | • • | • • | | | ::: | | | ROBERTO MÁRQUEZ Subterfugios Ilimitados Pintura y dibujo Museo de la SHCP Antiguo Palacio del Arzobispado Inauguración: Jueves 19 de agosto de 2004, 20:00 hrs. Hasta el 31 de octubre de 2004 | | Jericó, 2003 / óleo sobre tela / 182.9 x 152.4 cm. | • | Roberto Márquez (México, D.F., 1959) propone un lenguaje figurativo en el cual la utilización de símbolos reconocibles en un contexto cultural occidental se funde con otros cuya significación es exclusiva del artista. El hilo conductor de la obra de Márquez es la introspección, la búsqueda continua del ser y las relaciones que a partir de éste se establecen con el entorno, los otros e incluso consigo mismo. El Museo de la SHCP Antiguo Palacio del Arzobispado presenta una selección de la obra reciente de este artista cuyas exploraciones se centran en las metáforas que recrea a partir de sí mismo. | • | Oficialía Mayor Dirección General de Promoción Cultural, Obra Pública y Acervo Patrimonial Exposición Rafael Alfonso Pérez y Pérez Curaduría Fabiola Sánchez Arenas Co-curaduría Francisco Tello Reyes Museografía | | |  |  | | Envidia | Avaricia | c/u: óleo sobre madera / 50.8 x 40.6 cm / 2004 de la serie The Seven Deadly Sins |
| | | | [1] | Roberto Márquez: Condenación y Redención En su obra más reciente Por Edward J. Sullivan Las pinturas de Roberto Márquez siempre han evocado pasajes de textos literarios imaginarios, todavía sin escribir. Sin ser de ninguna manera ilustrativa, cada una de ellas obliga al espectador a pensar en términos de la poesía. Al igual que la poesía, sus imágenes más poderosas –aún las de los años más tempranos de su producción artística– parecen encapsular emociones puras de una manera sucinta y convincente. Lo mejor de su obra juega un papel simbiótico con la poesía, sugiriendo los enigmas y recuerdos de verdades eternas. No es ninguna sorpresa que los mejores amigos y conocidos del artista son poetas, y no es ninguna coincidencia que su lectura de la literatura clásica y moderna, especialmente obras poéticas en por lo menos tres idiomas, es a la vez profunda y altamente sofisticada. La capacidad del artista de evocar la encarnación perfecta de nuestra conciencia colectiva, también como su don extraordinario de evocar las cosas que yacen más allá de nuestros sueños, se ha intensificado en los años recientes. Tal vez se pueda encontrar una explicación fácil para la creciente fuerza en el arte de Márquez en la tristeza y los desengaños inevitables de la madurez. Posiblemente la respuesta se pueda sugerir por los eventos más concretos y traumáticos que tuvieron lugar en Nueva York, donde el artista vive desde que trasladó su vida de Arizona (y antes de eso, Guadalajara) a finales de la década de los ochenta. Sin embargo, explicar los cambios y reorientaciones en la obra de cualquier artista basado en acontecimientos o vicisitudes de la vida nunca podrá justificar adecuadamente las razones más profundas por el cambio y la evolución estética. En el caso de Roberto Márquez, su imaginación fértil y sumamente inventiva se ha vuelto más compleja y se ha intensificado con el tiempo. En su obra, la verdad y la ficción, lo verdadero y lo super-verdadero, constantemente han luchado para la supremacía. En vez de encontrar un terreno neutral banal para una distensión de estas fuerzas opositoras, son precisamente estas tensiones y contradicciones lo que empuja el desarrollo de su arte hacia delante implacablemente. La exhibición actual presenta la obra más reciente del artista, realizada entre 2003 y los principios de 2004. Estas pinturas muestran dos senderos claros y opositores, tanto en términos de estilo como en tema. El primer grupo consiste en una serie de cuadros oscuros y pensativos que casi llegan a ser aterradores. Evocan un fuerte susto de reconocimiento aun en el observador más cínico, y –para todos los que están susceptibles a las tensiones y sensaciones de peligro inmanente que caracterizan la época actual– son sorprendentes en su mordacidad e ironía. Por lo menos una de estas pinturas, Jericho (Jericó), muestra un retorno al pasado y la evocación de un terror/fantasía de la niñez. En esta obra se puede observar las torres de la Catedral de Guadalajara, quizás el símbolo más potente de la ciudad nativa del artista, desmoronándose y cayéndose, mientras un mariachi solitario, una figura diminutiva en el tamaño de la escena, toca un lamento en su trompeta. Aquí el pintor nos recuerda que todo lo sagrado se puede desintegrar en un momento. Trece maneras de mirar a un mirlo es más directo en su evocación de la enajenación urbana y del miedo, como retrata a un hombre perfilado contra un cielo amenazador encima de un edificio en Manhattan (fácilmente reconocible por los depósitos de agua característicos de Nueva York), tal vez al punto de tirarse. Cazando dioses representa una conjetura al azar. La figura otra vez aparece en el más incongruente y escalofriante de los escenarios. Una escena de desierto (posiblemente el desierto Sonora del sur de Arizona y norte de México), repleto con agave, está cubierta de nieve. El sujeto humano del cuadro, preparado para el frío con su gorra roja de lana, dispara una pistola al cielo que está empezando a oscurecerse. ¿Es un gesto desesperado, o podría también recordar a los disparos de emoción tirados por miembros de algunos grupos en una variedad de lugares del mundo en los momentos más intensos? Las pinturas tal vez más intrigantes de las obras recientes son las en que Márquez emplea el tipo de representaciones literales de los diablos y otros fantasmas malévolos utilizado frecuentemente en la pintura colonial mexicana para evocar, entre otras cosas, los diablos que tentaron a San Jerónimo y a otros hombres y mujeres sagrados puestos a prueba por Dios. Pintor borracho y especialmente la pintura de múltiples paneles El juicio final nos permiten una vista cercana de los espíritus malos que invaden la imaginación del artista. Por otro lado, el segundo grupo de estas obras más recientes de Roberto Márquez lleva con él un aura muy distinta, la de la redención y bendición. En su imaginación, la salvación se logra de dos maneras –por medio de la integración con la naturaleza y de la belleza de la figura femenina juvenil. En La primavera ilícita, el artista mismo está envuelto en un árbol solitario en un campo en flor. Aunque el artista parece pensativo, es protegido y abrazado por las fuerzas de la germinación y el crecimiento. En cuadros como Secret Flower III (Flor secreta III), Waldstein Sonata (Sonata de Waldstein) y Otoño perdido, la mujer es tan parte de la escena natural como son los árboles, las hojas o las flores. En su creación de ella, Márquez nos hace un simulacro de su musa y la encarnación de la belleza que sirve para rescatarlo de las fatigas del mundo humano. En su obra reciente, Márquez toma un paso serio hacia la creación de la equivalencia ilustrada de las cualidades esenciales de la vida misma. Se puede considerar a estos cuadros como yin y yang, representaciones de la ansiedad inevitable pero exquisita de fuerzas opositoras– desesperación y exaltación, dolor y éxtasis, rechazo y aprobación. Similar en su sensibilidad a la poesía clásica, su obra continúa capturando la lucha eterna para encontrar el significado de este mundo a veces oscuro y a veces bello. | | | | | Apología del Aburrimiento, 2003 / óleo sobre tela / 152.4 x 182.9 cm | | | | [2] | | Cosas que pasan después del diluvio Por Jorge Esquinca Miro las pinturas recientes de Roberto Márquez con un asombro semejante al que me provocaron sus primeras telas y dibujos vistos hace poco más de veinte años. Encuentro en ellas una renovada fidelidad a los temas y las obsesiones que lo desvelan y hacen de este artista una rara avis en el panorama de la pintura mexicana contemporánea. El año pasado, en Guadalajara –su ciudad natal–, fuimos testigos de una generosa muestra retrospectiva de su obra: Relación de una ausencia. La exposición reunió un número considerable de pinturas cuyo punto de partida puede establecerse en el año de 1984, cuando Márquez pinta un óleo titulado Después del diluvio como enigmático homenaje a un poema de Arthur Rimbaud, el niño prodigio de la poesía francesa. Desde esta fecha temprana –Márquez tenía entonces veinticinco años–, el artista se había fijado un destino. Un destino entonces impensable, aunque ya palpitante en aquel cuadro turbador. Un inalcanzable anhelo de perfección. Un anhelo que alienta en cada una de sus obras, en las que ha pintado a partir de ese momento revelador y en las que nos entrega ahora, como el cumplido testimonio de una ardua disciplina. Ostinato rigore, podría decirse, de acuerdo con la divisa de Leonardo.
A lo largo de los años el arte de Márquez ha venido configurando un ámbito selectivo, una suerte de simbología exclusiva que da como resultado la creación de un mundo tan personal que en ocasiones puede aparecer como fruto del sueño y la pesadilla o de luminosas y volátiles epifanías. Sin cancelar la irrupción del azar me parece, no obstante, que la pintura de Márquez se encuentra más cerca de una cuidadosa apropiación de sus modelos tutelares y del diálogo –hecho de vitales encuentros y ríspidas rupturas– que ha establecido con la tradición. Forastero de sí mismo, cazador en busca de su propia imagen, Márquez se funde en su obra y mira surgir el rostro alternativo que le ofrece su pintura. Uno de sus primeros autorretratos, pintado en 1985, lo muestra sentado en una silla, con los brazos cruzados, mirando impasible a una muchacha que de pie frente a él lo encañona con un revólver y le dispara un tiro. La pintura es literal: podemos ver la detonación y el trayecto de la bala que se dirige hacia su rostro. Márquez lleva una camisa de rayas verticales, azules y blancas. Un diseño que, con mínimas variantes, habrá de usar siempre para caracterizar el atuendo de su propio personaje. Es una especie de disfraz que lo singulariza y a la vez lo hermana con ciertas figuras de la marginalidad: el convicto, el payaso de un circo pobre, el vagabundo urbano que lleva con humilde dignidad un vestuario ajeno. En los autorretratos de esta exposición Márquez aparece una y otra vez ataviado con un traje que repite este diseño. En uno de ellos vemos nuevamente la pistola que ahora, en la mano del pintor, apunta hacia el cielo. Cazando dioses es el título de este óleo en el que Márquez aparece de pie en un paisaje sembrado de magueyes -el cacto que atesora las mieles del pulque y del tequila, las bebidas por excelencia de la alcoholemia mexicana. Sin embargo nos hallamos frente a la imagen congelada de un paisaje nevado y el pintor alza en vano el revólver que jamás habrá de disparar. (Alguien, con mayor perspicacia, podría argumentar que la detonación ha tenido lugar momentos antes y que la nieve que ahora cae y cubre el sembradío es el resultado de la herida inflingida a un dios invisible.) Lo cierto es que estos recientes autorretratos trasmiten una sensible dosis de violencia que el pintor ejerce, en principio, sobre su propia representación. Podemos verlo convertido en un teporocho -la versión mexicana del clochard francés-, recibiendo el castigo que le propinan dos burlescos demonios cuyas figuras recuerdan a las que pueden observarse en los retablos populares. Una delirante alegoría resulta el díptico titulado El juicio final, donde un flotante Márquez se transfigura en una deidad dual que recoge en su seno rasgado las almas de los justos y vomita las de los impíos hacia la boca del abismo. Los temas bíblicos han sido un motivo recurrente a lo largo de su obra. Las apariciones angélicas, las privaciones y los milagros de los santos, el martirio de las vírgenes, se alternan con pasajes tomados directamente de las Sagradas Escrituras. Hay en esta vertiente de su pintura una suerte de fascinación por la imaginería religiosa que bajo la peculiar óptica de Márquez adquiere nuevos matices, apartándose con frecuencia de la visión ortodoxa e incluyendo elementos como el humor, la ironía y el erotismo que invitan a mirar estos cuadros desde una perspectiva más bien profana, a veces sutil, a veces abiertamente transgresora. Un claro ejemplo de esta actitud es el óleo titulado Jericó, en alusión al pasaje del Antiguo Testamento que se describe en el Libro de Josué. El texto narra la caída de los muros de la ciudad de Jericó, obtenida mediante el sonido intermitente de siete bocinas de cuerno de carnero tocadas por igual número de sacerdotes durante siete días: “y aconteció que cuando el pueblo hubo oído el sonido de la bocina, gritó con gran vocerío, y el muro se derrumbó.” En el cuadro de Márquez, este evento ha sufrido una evidente transformación pues el artista, al trasponer el relato dentro de un contexto distinto, le confiere una carga altamente sediciosa. Un músico solitario -un mariachi-, dirige el sonido de su trompeta hacia la Catedral de Guadalajara: su cúpula y su torres, célebres por su forma de alcatraces invertidos, se resquebrajan y caen. ¿Una severa crítica al endurecimiento que padecen la instituciones eclesiásticas del México contemporáneo? Se trata, sin duda, de un cuadro perturbador, insólito en la obra de Márquez y aun en el panorama de la actual pintura mexicana. Otros ámbitos, otros tonos surgen a manera de contrapunto entre los cuadros que componen esta exposición. Tres pinturas: El otoño perdido, Waldstein sonata y Thirteen ways of looking at a blackbird (Trece maneras de mirar a un mirlo), muestran una figura solitaria -en medio del bosque, entre las ramas de los árboles, en el borde de una azotea- que extiende los brazos hacia el cielo. No es la primera ocasión en que Márquez establece un diálogo con este poema de Wallace Stevens -podemos hallar referencias en su pintura más temprana- en el que la aparición del mirlo opera como un catalizador de la imaginación. Hay también un óleo pintado en 1997, The tears of the Golem, donde incorpora la misma figura aislada que se erige en ofrenda y recibe el aleteo de los pájaros, el rumor del mar. La postura vuelve ahora e indica una voluntad de elevación que puede entenderse como la íntima urgencia de establecer un pacto, una nueva alianza entre la tierra, el cielo y el mismo ser humano. Es el gesto de un orante cuyos brazos extendidos dibujan sólo la mitad de un círculo que, en el mejor de los casos, habrá de completarse mediante la intervención de un poder supremo. La pintura de Márquez se funda en estas paradojas, hace visible la sustancia de nuestras más hondas disonancias. Con ellas, construye los principios de una posible armonía. El cuerpo de la mujer que brota, flor entre flores, y que recuerda a la amada del Cantar de los cantares, dueña y señora de un visible secreto inalienable, es otro de los motivos que vuelven a poblar el espacio de esta obra hecha de misteriosas evidencias, de secretas correspondencias. Pintarla en medio de la naturaleza o, como en otro de los cuadros que conforman esta muestra, desnuda y dormida a orillas del mar, tal vez sea una de las vías de acceso que Márquez ha hecho suyas durante su trayectoria vital. Vía de contemplación y recreación de los dones más preciados del mundo visible, alabanza y preservación de un reino aún presente; indagación y hallazgo de una siempre huyente belleza que la materia de la pintura fija a perpetuidad. | | | | | Cazando Dioses, 2003 / óleo sobre tela / 182.9 x 152.4 cm. | • | | Roberto Márquez Nace en la Ciudad de México en 1959, donde vivió hasta 1972, año en que su familia se traslada a la ciudad de Guadalajara, lugar que adopta como propio y donde realiza estudios de escultura en la Escuela de Bellas Artes, arquitectura en el Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Occidente (ITESO) y poesía en el Taller Literario de Elías Nandino. En 1985 motivado por su espíritu de constante tránsito y su vocación creativa, se traslada a los Estados Unidos de América. Actualmente reside en la ciudad de Nueva York. | • | | INFORMACIÓN: | | | Irma Arce Fuentes Coordinadora de Prensa Dirección General de Promoción Cultural, Obra Pública y Acervo Patrimonial de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público. (DGPCOPAP) Guatemala 8, Centro Histórico. Metro Zócalo. Detrás de la Catedral Metropolitana. Conmutador: 9158 1681 y 9158 1666 | | | AFORO PERMITIDO: 350 personas Horario del Museo: Martes a domingo de 10:00 a 17:30 horas. Entrada $8.00 Domingos, entrada libre Visitas guiadas: Departamento de Servicios Educativos. Tels: 9158 1243, 9158 1245 y 9158 1248 | • | | • • | • • | | |  | | | | |  |  | |  | |