La ciencia y el arte han estado íntimamente relacionados durante toda la historia. De la misma forma, científico y artista lo han estado también, a menudo incluso se han reunido ambas dimensiones en una misma persona, por ejemplo, en Leonardo da Vinci.
El artista, como el científico, es un curioso nato. Investigadores de las formas y del fondo, emocionales y emocionados con lo que la naturaleza de las cosas y las cosas de la Naturaleza les brindan.
El Nanoarte no se escapa a estas investigaciones formales que, además, van más allá y se adentran en el emocional terreno de la filosofía, de la materia minúscula y de la estética. Y llega en el momento justo en el que debía llegar ya que, como plantea el pensador Arthur Danto, estos planteamientos serán admitidos como arte si se dan en un contexto adecuado. Y la sociedad actual es ese contexto, al menos, debería serlo.
Tras décadas de avances tecnológicos, de ordenadores gigantes, de avances médicos -que son verdaderos milagros-, de comunicaciones inalámbricas con el espacio exterior y una larguísima lista de novedades técnicas y tecnológicas, el ser social aún guarda cierta capacidad para el asombro y la belleza.
El artista ha dado un paso más, las cosas de la Naturaleza, definida como una belleza impresionista, han dejado paso a la preocupación ecológica y por la supervivencia del planeta, que son ahora el tema de la copia al natural. De otro lado, los ojos del curioso observador, se han detenido en la naturaleza de las cosas, de lo minúsculo, de lo escondido más allá de esta u otra textura. El nanoarte, la nanoestética, es el paso natural que los avances técnicos y científicos debían dar: la búsqueda de la belleza en sí mismos, dentro de sí.
Cris Orfescu ha entrado dentro de las cosas. Ha abierto una puerta diferente a las teorías y planteamientos del net.art, o lo cibernético, e incluso de McLuhan. Orfescu bucea en los objetos, en su esencia, como un Verne moderno, tecnológico y curioso. Como lo fueron siempre los científicos, como lo fueron siempre los artistas, como lo fueron siempre los visionarios.