El Barroco aportó un sinnúmero de testigos de la luz, Vermeer, de la Tour, Velázquez y Lorraine, entre otros; y un puñado de cronistas del movimiento, el andaluz impar, Hals y quizá antes Rubens. Profesionales del retrato y las escenas íntimas, esas que se desarrollan puertas adentro, la glosa del panteón mítico y la compulsión bíblica, desafiantes de las convenciones del arte de la representación que frecuentaron el paisaje como contexto y referencia, pero sin situarlo justo en la centralidad del ritmo compositivo, salvo ese francés, pastelero de infante, que encontrase su ser al mudarse a Roma para usufructuar la protección del Cavaliere d’Arpino, mecenas de Michelangelo Merisi “Caravaggio”: Claude Gelleé (1600-1682), apodado Le Lorraine o a la española de Lorena por su lugar de procedencia. Y viene a cuento el desvarío pues de lo que se trata justo aquí es de apreciar el empeño de María José Lavín por convidarnos sus vistas: cantos y perfiles de construcciones que no terminan por evidenciarse, a excepción de un par de cuadros que registran el entorno mediante el favor de la transposición digital en el que florece la responsable de su parto, y que siendo atisbos de arquitectura evocan restos frágiles de humanidad ausente propia de los elementos: el aire, la luz y la equívoca relación que establecen: tensión, rotación, movimiento en suma. Al observarlos se me impuso la resonancia sutil con el pintor franco-italiano quien temeroso de las falsificaciones, levantase un registro de sus obras con dibujos magistrales compilados en una suerte de cartapacio denominado Liber Veritatis, publicado en forma de libro hasta 1777, y que influyera al mismísimo Turner y su Liber Studiorum (conjunto de estampas publicadas entre 1807 y 1819). Piezas como Embarco en Ostia o el Entierro de Santa Serapia, encargos de Felipe IV para la Galería de Paisajes del Palacio del Buen Retiro donde se aprecian los vestigios de la Roma imperial, permiten apreciar el gusto del pintor por fijar las siluetas edilicias a despecho de las anécdotas situadas en el primer plano, la actividad comercial o las exequias de la mártir presenciadas por Santa Sabina. Pero, ¿a cuento de qué irrumpe semejante asociación? A la pulsión por dotar de materialidad verosímil al territorio plástico: la fábrica del espacio. Y si bien los tratamientos brindados o aplicados a la consecución de tan vasto propósito obedecen a sus propias lógicas e intereses, se intersectan en la alusión necesaria a signos constructivos para colmar dicha pretensión y lo hacen integrando o confundiendo los planos de lo bajo y lo alto, el suelo y la bóveda celeste, lo terreno y el mar. |
El convite de Lavín adquiere plena eficacia en su ambigüedad, pues a ciencia cierta el espectador no sabe si se trata de un corte o alzado, de litoral o de tierra firme. Así, el equívoco le permite mostrar la disciplina del taller, la fuerza del dibujo a grado compulsivo que en mucho recuerda la entrega de su maestro Gilberto Aceves Navarro, de quien se distancia en la medida en que prescinde, en esta entrega, de la figuración explícita al elegir las sombras y las manchas en tanto recursos de su expresión. La aprehensión de los elementos básicos, tiempo y volumen, desbordan la prédica y la reflexión, limitándose a ser “sentido puro”: fórmula óptica y mirada, percepción directa, sensualidad en tránsito. La artista no quiere decir, se limita a ver; y este nuevo ánimo creativo la induce a desdibujar los contornos, orientándose a la abstracción por la economía de gestos y trazos e, incluso, por la síntesis de los colores que componen su paleta, unos cuantos y discretísimos. El embeleso por la encáustica le favorece el proceso, aunque ahora los resultados son más evanescentes y la técnica ocupa el sitio modesto del recurso, perdiendo la centralidad que tuviera en el pasado y conservando el carácter simbólico de homenaje a Francisco Toledo, quien le enseñara la técnica. Empero, su gusto por las formas definidas también aparece en esta magnífica exposición de la Galería Metropolitana, curada y montada con la elegancia que ya es feliz costumbre en el trabajo de Elena Segurajáuregui. Allí están las esculturas para advertirnos que los límites sí le importan todavía a nuestra hacedora. Sus Piedras en bronce niquelado, suerte de guijarros uniformes o sólidos para el “rajueleo” de muros, sus Vértebras de pescado en ónix, auténticas cuentas de joyería descomunal que también podrían pasar por goznes, o esa especie de estelas en cantera de Los Remedios o mármol veracruzano que parecieran fósiles del extinto género Trilobita, así llamado por la división de su cuerpo en cabeza, tórax y pygidium (Griffithides Portlock) que en mucho ha permitido el estudio de la evolución de los artrópodos o fragmentos embonables de un rompecabezas gigantesco, revelan su peculiar naturaleza –su impronta inmediata, la de ser literalmente lo que son- y además permiten o suponen un uso o función derivada: aquella que los interpretaría como adminículos o materiales constructivos, quincallería varia de una espléndida mampostería. Aún los objetos de menor formato, que se antojan piezas de delicada orfebrería, mantienen este rasgo articulador, consistente en que urden, tejen o disponen partes en un todo. Y esto ciertamente alude a la mecánica pero no se agota en ella, porque su razón de ser trasciende lo generativo y más bien implicaría la invención de espacio propia de la arquitectura, absorbiendo su propia descomposición en alzados, perspectivas, cortes, plantas, y su cadencia oscilante entre vanos y macizos; cumpliendo los dictados inapelables desde la formulación del tratado De Architectura (S. I antes de nuestra era) de Marco Vitrubio: belleza, firmeza y utilidad; orden, proporción y distribución. Constelación plástica y escultórica que evita la riqueza ornamental para concentrarse en el eslabonamiento ausencia-presencia de materiales que faculta a la creadora a convidarnos su noción práctica de espacio, a la manera en que la “techumbre franciscana” funda su estabilidad estructural en una dentadura de vigas separadas entre sí por el intervalo formal de su propio espesor. Semejante acerto recorre el discurso de María José Lavín fatigando sus posibilidades físicas, en la percepción, y simbólicas, en la interpretación, al fijar un ritmo preciso entre conectividad y separabilidad de los componentes de cada una de sus obras, a despecho de las técnicas, los materiales, los formatos o los soportes. En este sentido podría afirmarse que sus “hechos razonados” (sus piezas) cuentan con pertinencia topológica, planteándonos una y otra vez el problema matérico de la frontera y el borde, y esta insistencia en pensar el espacio y sus modalidades de presentación la vincula con energía a la fábrica edilicia y el modelado objetual. Entre la severidad de su formación y un leve asomo de esperanza, María José Lavín pareciera refugiarse en el acertijo formulado por Massimo Bontempelli en Ottuagenaria (1946): “Forse il mondo non ha piú bisogno de fare storia. Ma allora che ci stanno a fare gli uomini? Su respuesta salvífica -a través de su obra- rehuye las trampas de la razón y se viste jubilosa de cuadro y escultura; y en esa su original condición nos demuestra la posible defensa de la humanidad desde la creación. |