| La temática holocáustica se ha visto, últimamente, en un sinfín de expresiones artísticas. Comienza durante la guerra, se emite en los propios campos, y posteriormente por medio de los sobrevivientes. (1) Prosigue a través de la elección de diversos motivos iconográficos a lo largo de las décadas de los '60-'80, y hacia los '90, comienza a enfatizarse de un modo constante entre el paradigma memoria y olvido, entre la experiencia pasada y el temor futuro, en un lugar sin lugar, sobre la base de recuerdos, desde un presente continuo. Para Bela Gold no es sino la continuidad de un largo proceso pictórico y de reflexión constante. En 1995, habría recordado el genocidio a través de una instalación con música, titulada Izkor, donde solo quedaban unas piedras de mármol serigrafiadas, grava, arena y veladoras. En el Libro de la memoria, obra expuesta en el Museo de la Estampa (México, D.F.) en noviembre del año 2000, la artista habría propuesto un libro de arte - objeto en el que denunciaba y evocaba, a la vez, la memoria de lo ocurrido durante la Segunda Guerra. Los mensajes escritos se percibían silenciosos, mas interrogaban a modo de glosa visual. El arte se elevaba nuevamente en su obra, como síntoma humanista tras una grafía cuya voz se oía en el silencio color ocre, oxidado, verde musgo, bajo un caminar temporal percibido al correr de las páginas del memorial andante. Evidencias del mismo libro llegaron, como exposición, al Museo Judío de Praga en abril del 2002. Allí nos preguntábamos acerca de una escriba moderna, la cual transcribía información y dejaba constancia de palabras, documentos y textos, colocándose como partícipe del momento histórico. Escribía aquellos pasajes imposibles de olvidar, proponiendo un duelo constante, un recordatorio en el que el espectador debía activarse. En la exposición que se presentará en el Museo Lasar Segall en Sao Paulo, las evidencias elaboradas, temporales y temáticas continuarán el mismo rumbo de denuncia social, aunque en un formato mayor y con una intensidad e intención de experimentación-mutación y propuestas de posibilidades diversas ante el espectador activo. Cambios cuya pertenencia directa aluden al Libro de la memoria, cual constante urgente e infinita de anexar más y más páginas a aquel texto ya escrito, perdido por momentos, en recónditos espacios del ser humano. Mutaciones que se verán manifiestas, en éste punto del proceso pictórico de la artista Bela Gold, a través de la palabra: material conceptual por excelencia. Los vocablos entonces, legibles y nebulosos / inconformes y deseosos de gritar, nos remontarán a la tendencia inmersa en el ámbito del arte conceptual de los años '60, base y fuente pictórica de la artista, cuya expresión se habría adentrado en el campo de la lingüística. Lenguaje y estructura se transformarían en materia prima de la obra artística. De acuerdo a Robert Morgan, (A Methodology for American Conceptualism, en Art Conceptuel. Formes conceptuelles), crítico del arte conceptual, tres habrían sido los métodos de análisis utilizados por los artistas hacia la década del '60-'70 del siglo XX: el estructuralista, el sistémico y el filosófico. (2) Para Morgan, (y siguiendo a Jack Burnham, primer crítico que analizó esta corriente artística en términos de paradigma estructural derivado de las teorías de Lévi-Strauss, en 1970), el estructuralismo había aportado al arte conceptual la relación dialéctica entre el ámbito del objeto y la función del significado o la idea, relación ejemplificada en la obra de Joseph Kosuth, de tal modo que la ausencia de significante (objeto) estaría reemplazada y compensada por la presencia del significado (idea). Significado visto como documento, huella tipográfica, mapa, fotografía ¿Qué sucede, entonces, con la obra de Bela Gold? Su paradigma estructural se fundamenta a través del lenguaje, de cuya reunión en páginas de textos, se crea - recrea / forma y conforma el/los documento/s de una memoria definida / indefinida, a un alcance histórico cercano / a una distancia histórico-oficial. La expresión artística es el objeto protagónico, mientras que su intervención en el espacio se realiza a través de la ubicación de documentos en páginas que pueden ir agregándosele al libro existente, el de la memoria colectiva. Así, se desprende la siguiente ecuación que conlleva una intrínseca relación entre sus componentes: objeto - significante = documento idea - significado = memoria histórica. Ambos revelan la acción de documento como parte de la función del significado, tras las huellas indelebles, y a su vez, presentan la evidencia del objeto mismo. El sistema de documentos que refresquen una memoria, el correr de sus páginas y las letras vertidas en ellas, conforma un ente cerrado el cual no se orienta sino a sí mismo. Es decir que la alusión al mundo exterior parte de dicho ente y de la reacción que provoque en el espectador. Alusión, entonces, encaminada a la creación cerrada en un terreno en el que las letras impresas se elevan - gritan- y emergen entre los ácidos, óxidos y colores mohosos. Firmas, fechas, nombres y números son materializados en una técnica de reproductibilidad de la imagen, idea equivalente a la supuesta reiteración de la situación histórica pasada, y a su consecuente emisión crítica y de juicio hipotéticamente repetible. La existencia física del arte objeto se hace patente, mientras que las letras se ven impregnadas, a su vez, y como alimento significado-significante de la técnica y composición pictórica. ¿Vida cotidiana junto a expresión pictórica? ¿Descripción de formas que presentan la realidad pasada, o sensibilidad estética envuelta en amenaza futura? Desplazamiento del objeto artístico
Los documentos de la memoria producen un desplazamiento del objeto de su contexto, tanto histórico como artístico: por un lado ubica al arte en la realidad presente 2003, y por el otro enfrenta el suceso histórico a un significado pasado. De tal modo, se produce una relación histórico-temporal creada por medio de las grafías en un documento reconocible, como resistencia a lo sucedido. Información y documentos intervienen en un espacio concreto, en el que el espectador logra identificarse, alejarse, o bien cuestionarse frente a la obra. Análisis verbal, impronta indeleble, cual diario de actividades de los hechos acaecidos. Diálogo con la audiencia
Como Joseph Beuys, Bela Gold explora el diálogo con su audiencia por medio de dos herramientas: el análisis y la reflexión. Crea un tipo de ritual a través de las letras y los óxidos, en cuyo interior interactúan la presencia del espectador y la expresión artística. Ritual en el que las preguntas emergen y se proyectan en el espacio creado por ambos, ámbito que nos conlleva a la otra esfera, la cronológico-temporal. La de un pasado horadado por las letras que deambulan sin lograr la conformación de aquella historia desgarradora. De aquellos nombres anónimos. En este sentido, la escriba moderna, se ubica detrás de las bambalinas, como si nos re-presentara un performance imaginario, del cual una segunda ecuación se desprendería: 1.- diálogo - 2.- rito - 3.- letras = audiencia - desgarro - memoria. 1.- Diálogo con la audiencia. 2.- Ritual que provoca el desgarro (¿ritual de las cámaras de gas o de las duchas?) 3.- Letras que emiten alaridos (¡no me olviden!) La multiplicación semántica de las diferentes páginas ofrece una reiteración del lenguaje como elemento productor de la imagen. Todos, elementos plausibles de reproducir. En éste diálogo con la audiencia, la percepción y el concepto emergen. La idea en sí , es transmitida en un sentido literal. De tal modo, la artista conceptual asume una función crítica a través del objeto artístico, explicando su teoría por la inclusión de la palabra. Intención que, asimismo, se une con la emisión de sus enunciados. Los documentos que escoge Bela Gold, son producto de reflexiones propias así como de aquellos que fueron tejiendo la historia del genocidio, y de los documentos que pervivieron. El interés particular de la artista es parte de su proceso pictórico, así como de la inmersión en la temática de denuncia en general, y del holocausto judío en particular. |