Desde mediados de los ochenta hasta los primeros años del nuevo siglo, Ángel Mateo Charris realizó toda su producción artística en un pequeño piso heredado en el casco histórico de Cartagena, una zona que, como tantas otras similares de las ciudades mediterráneas, sufría una progresiva decadencia que la llevó a convertirse en una franja marginal en pleno corazón de la ciudad. Durante estos años el pintor fue escribiendo anotaciones de lo que sucedía al otro lado del balcón. Mientras alumbraba sus visiones interiores –pobladas por exploradores, aviones, lugares exóticos, paisajes árticos y otros más cercanos– la normalidad se iba desintegrando a su alrededor hasta acabar siendo un páramo yermo y un monte pelado. Durante ese tiempo las referencias a su entorno más cercano escasamente aparecieron en sus obras (apenas en El cielo en la Morería, Dos perros andaluces y poco más). De las fotografías tomadas en esos años surge ahora esta serie a la que acompañan algunos de aquellos textos, convertida de nuevo la aventura en óleo sobre lienzo y palabras, lejos de la parafernalia sociológica y próxima a un neorrealismo coloreado, reflejo de esos pequeños continentes que conviven en nuestro mundo y que preferimos ignorar, pobladas por seres de otras galaxias sorprendentemente parecidos a nosotros. En Morería Baja coexisten el mundo que vive el artista y el que crea, alejándose unas veces y confluyendo otras, entrelazándose siempre, contaminándose. Es también la escenificación de que vida y arte no son la misma cosa. Ni siquiera en los casos en que el artista pretende fundir ambos territorios de una forma más explícita (pongamos, por ejemplo, Nan Goldin). Pero tampoco se da en estado puro el caso contrario y lo cotidiano acaba filtrándose hasta en los mundos más irreales y extravagantes. Es, de paso, la historia de una calle, de sus últimos años, los que convierten su memoria en puro material de derribo, uno de tantos instantes en los que contemplamos cómo el pasado se convierte en escombrera con la que rellenar los nuevos cimientos del futuro, a veces de forma grosera y obscena, sin el respeto que merecen los ancianos –la vieja ciudad, las calles antiguas– y bendecida por la especulación travestida con una piel modernizadora.
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De vocación temprana, ingresa en la Facultad de Bellas Artes de San Carlos de Valencia en 1980. Próximo al cómic -Hergé aparece entre sus influencias más inmediatas-, incorpora inicialmente las maneras plásticas del Pop, aunque desde muy pronto adopta un talante abierto y receptivo ante la diversidad de fuentes y opciones estilísticas que le ofrece la historia del arte. Al finalizar la carrera, complementa su formación con estudios de diseño gráfico, cuyos métodos compositivos influirán de manera determinante en su obra. Si bien su primera individual data de 1986, durante la segunda mitad de la década de los 80 expone básicamente en colectivas que se celebran en distintas localidades de la región de Murcia, con la excepción de su primera incursión madrileña, resultado de un Taller de Arte Actual que imparte junto a Andrés Nagel en el Círculo de Bellas Artes. En 1988, con ocasión de su primera estancia neoyorquina, y en compañía del también pintor Gonzalo Sicre, se adentra en la pintura americana, especialmente en la obra de Edward Hopper y la tradición decimonónica de los representantes de la Hudson River School. Aunque sin renunciar a otros soportes como la fotografía –en 1989 es premiado en el Certamen Nacional de Jóvenes Fotógrafos que convoca el Instituto de la Juventud-, a comienzos de la década de los 90 se decanta definitivamente por una práctica pictórica plenamente figurativa, en la que el empleo de citas visuales que remiten al cine, la historia del arte o la publicidad, de una lectura y reconocimiento inmediatos, no impide la inclusión de otras referencias cultas que, desde un segundo plano, la enriquecen con una sutil retórica conceptual, no exenta de un mordaz sentido del humor, claves de estilo que permiten a la crítica su catalogación dentro de las tendencias neometafísicas. Después de sus primeras individuales importantes –My Name’s Lolita Art (Valencia, 1990) y Columela (Madrid, 1991)-, viaja nuevamente a Nueva York, a cuyo regreso da comienzo a un prolongado ciclo creador en el que adquiere progresiva importancia el componente literario. De esta manera, a través de los textos que redacta para los catálogos de sus exposiciones y un trabajo ordenado a partir de extensas series pictóricas, construye una suerte de mundos paralelos –Charrilandia, República de Cartagena-, que se articulan mediante metáforas de viaje –exposiciones como Mácula Tours (1994) o Xirimiri Express (1997)-, aventura -300 Exploradores (1996); La fiebre del óleo (1996), Cape Cod/Cabo de Palos-. Tras las huellas de Hopper, libro editado en 1997 junto a Gonzalo Sicre, resultado de su tercera estancia en Estados Unidos- y un calculado exotismo –desiertos, paisajes helados-, que no dejan de constituir grandes escenarios críticos, en los que ubica una suerte diversa de iconos, a través de los que, de manera indistinta, homenajea o cuestiona los derroteros del arte del siglo XX, o hace explícito su personal punto de vista sobre asuntos de calado político –el poder, la guerra, el colonialismo y la apropiación cultural-. A finales de la década de los 90 introduce en sus obras una línea de reflexión más personal, con el tiempo y la soledad del individuo como telón de fondo de sus figuraciones. Paralelamente, emprende una línea de investigación formal a través de cajas, inspiradas en la obra de Joseph Cornell, en las que repite, en tres dimensiones, los temas e iconografías que desarrolla en sus pinturas. |