Es obvio que la reunión ex profeso de dos artistas en una misma exposición -o en dos, como sucede en este caso: las de la Galería Aural y el Castillo de Santa Bárbara- conduce a establecer las similitudes y diferencias entre ambos, y a partir de eso definir otros asuntos de carácter general. Sobre todo si en los casos respectivos de Aurelio Ayela (Alicante, 1970) y Luis Gordillo (Sevilla, 1934) se juntan creadores cuyas biografías poco tienen que ver entre sí. Treinta y seis años de distancia separan sus nacimientos y seiscientos kilómetros sus lugares de nacimiento, y tampoco viven o han vivido nunca en la misma ciudad. Dada esa diferencia de edad, entre ellos se han venido situando muchas generaciones de artistas que han conformado buena parte del estilo contemporáneo, y también innovaciones técnicas y revolcones expresivos que, cada uno a su manera, han modificado la manera de entender la creatividad. Y sin embargo… Que el medio escogido por ambos sea el dibujo ayuda a acercar las obras, aunque en esta ocasión el más joven ha decidido profundizar en la línea que ya sugirió en “Flat mountain”, algo más pictórica. Hasta entonces casi todo lo que de él conocíamos tenía claves dibujísticas, si bien a veces de una manera escurridiza. “La vida es un bosque de semáforos en ámbar” es el título de la serie que presenta ahora, la cual acentúa una pulsión que en otras ocasiones se encontraba en un estado larvario y que ahora ofrece de una manera más directa: una especie de acupuntura sentimental, expresada a través de retazos, algunos de los cuales son comprensibles para el espectador, mientras que otros se mantienen dentro de lo críptico (buscar una liberación más que un entendimiento, en palabras del propio artista). Y pese a la estructura fragmentada que a veces poseen, y a un color muchas veces sensual, Aurelio Ayela recupera la expresividad que el medio ha reclamado con toda justicia para sí mismo. Las obras presentadas por Luis Gordillo son papeles realizados en los últimos años, así como obras fotográficas –o realizadas alrededor de esta técnica. Todo ello muestra la variedad de estímulos que caben en un artista que como es sabido trabaja cada técnica y cada soporte con intención diferente entre sí. El grupo de dibujos presentes confirma que en ellos vuelca su faceta más instintiva, contraponiéndola a la más analítica que hay en sus cuadros pintados, ausentes aquí. O, una tercera posibilidad, el trabajo de síntesis que plantea en sus trabajos fotográficos, en los que relaciona de forma directa la imagen hecha de una manera inmediata –la propia fotografía original- con los procesos posteriores a los cuales la somete, trabajando sobre ella y reorganizando el material… que sin embargo a veces raya, levantando la emulsión, o amontona de manera frenética; líneas aleatorias y directas hechas como trazos dibujados, imágenes de lo real acumuladas sin orden. Una especie de juego de espejos que acrisola todas las posibilidades del artista, todos sus humores y estrategias. Planeador por encima de grupos y tendencias, participando de ellas para al mismo tiempo relativizarlas mediante su personalización (un alejamiento de homologaciones estilísticas que suele proporcionar esa apariencia tan actual a su obra), Luis Gordillo no es, afortunado él, el paradigma para apreciar los vínculos entre un histórico del informalismo con un joven artista que se apropia de parte de ese lenguaje. Sí, en cambio, para apreciar la evolución temática y las formas de ese lenguaje ofrecidos por un artista que hace tiempo comprendió que lo intrínsecamente interior debe ser relacionado con el entorno. O, traducido a un lenguaje plástico, la conveniencia de que las formas abstractas y expresivas estén imbricadas con las figuras de la realidad. Cada uno de ellos, Aurelio Ayela y Luis Gordillo, con su personalidad propia, sus intereses personales y la distancia biográfica, está vinculado a esos parámetros y son muestra de la deriva ofrecida por los artistas contemporáneos interesados en la expresividad. |