| Cayetano Fernández sitúa su obra en esa delgada linde que separa la ficción de la realidad; el mundo de las apariencias y, por extensión, de las ficciones y simulacros. Trabaja sobre la verdad y la mentira haciéndonos concientes de la "no inocencia del ojo", de la paradoja, tanto del artista como del receptor de la obra. Cayetano boicotea la certeza ciega de nuestra confiada e inocente mirada. Replantea nuestra relación emocional con respecto a la fotografía y construye espejismos narrativos, se comporta casi como un escritor capaz de construir toda una cosmogonía narrativa. El artista recurre a un elaboradísimo plan de trabajo puesto que, previamente, debe planificar y crear sus propias escenografías. El mundo en el que nos sumerge nos habla de seres aislados, solitarios a pesar de la compañía y la convivencia en sociedad. Imbuidos en una dinámica de la cual sólo podemos salir a través de los sueños, la imaginación y la fantasía. El deseo de escapar o fluir, es la esperanza el fin al que nos lleva las imágenes del autor, y, aunque inmovilizados por las ataduras y las envolturas que nos ciegan, siempre hay un resquicio para el sueño. La libertad personal desde la voluntad.
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