Bordado que parece una mancha de sangre, un botón de autodestrucción o el ojo de un cyborg antes de ser activado. Son los dibujos de Gissel Rascón en su apuesta por simplificar al máximo el trazo, cada vez menos Remedios Varo y cada vez más electrocardiograma o plano de una bomba casera. Parecería que Rascón ha optado por desarmar sus muñecas infantiles para ver por qué hablan, en busca del dispositivo que explica la "vida" de lo inanimado. Hoy más que nunca la autora cuenta con un espectador imaginativo que complete el resto de la imagen que ella apenas sugiere. ¿O será que los dibujos de su nueva serie pertenecen a otro mundo, uno donde eso que para nosotros es sencillo allá es barroco, arduo e intrincado?
Manuel Llanes