Si hay un pintor que desde el inicio de su trayectoria ha sabido conjugar en su obra la pertenencia a la tierra y la apertura sin límites hacia lo foráneo, este es
Tomás Cordero. Tanto es así que nos hallamos ante un artista de vanguardia ineludiblemente ligado a la realidad artística andaluza contemporánea, de la que no sólo forma parte sino a la que viene aportando un indiscutible bagaje plástico de modernidad y renovación.
Tomás Cordero conoce bien la historia de nuestro arte más reciente del siglo XX porque, entre otras cosas, él ha sido copartícipe de ese discurrir histórico desde la denominada etapa de la transición. Como otros, no fue ajeno a los aires centroeuropeos del nuevo expresionismo, y un ejemplo significativo es la obra ganadora del Certamen organizado por Caja Huelva “Pintores para el 92”,
Cercha de Singleri, ejecutada en arrebatadores contrastes de negros y ocres. Pintura que fuera juzgada, dicho sea de paso, por el ya entonces consagrado y hoy pintor universal, Antonio López García.
Tomo como punto de arranque esta obra reveladora de un artista hasta ese momento en la sombra, porque en ella encontramos ya, aunque sólo sea de forma embrionaria, las estructuras elementales de una abstracción que, si al principio pudo beber de sus mayores informalistas (seguramente por cuestiones tanto coyunturales como de cierta “rebeldía juvenil”), se vislumbra no obstante la pronta incorporación de Cordero a unos intereses plásticos mucho menos viscerales, si se quiere poco o nada condicionados por la emoción desbocada del gesto. Inquietudes que, primero de manera paulatina y años después con absoluta decisión, le comprometían a considerar la pintura como una vía de análisis e investigación racional más objetiva que subjetiva, donde el binomio forma-color constituiría el continente y el contenido de su lenguaje geométrico. En qué medida ese binomio indagatoriamente desarrollado a lo largo de los noventa y con total madurez a partir del 2000, homologa la obra de Tomás Cordero en lo que bien pudiéramos llamar un “nuevo cubismo sintético” evolucionado quizá hacia la sensualidad del orfismo o incluso del arte óptico, no parece que sea el cometido de esta exposición (se caería en vacuos e inexactos nominalismos). Sin embargo, es obvio el atractivo hacia ese campo de la abstracción sensorial y ornamental en el que podríamos incluir numerosos antecedentes pero del que sobre todo cabe señalar la indiscutible impronta de un Tomás Cordero seguro de sí.
Desterrado por completo cualquier atisbo de dramática negritud (ahora el negro es un color más del “calidoscopio tomasiano”), la obra del artista onubense da un giro considerable en estos últimos años. Opta por un colorismo más preciosista, jugando con las bandas y retales cromáticos multicolores a componer auténticas figuras de papiroflexia recortadas sobre fondos estriados mediante líneas alternas de tonalidades artificiales “escritas” a pulso. La evocación de materiales relacionados con otros ámbitos de la realidad distintos de la pintura, sobre todo con la decoración de interiores arquitectónicos, a través de la simulación de calidades y texturas, etc, contribuye a incrementar ese efectismo o ilusión visual que en ocasiones traspasa los límites del plano para incurrir en la tercera dimensión.
Tras su serie Inflexiones y Viceversa, Tomás Cordero presenta de nuevo una propuesta sugerente en estas Dispersiones Encontradas. Suculento conjunto de piezas en acrílico sobre lienzo donde el pintor despliega todo un repertorio de estructuras cuadrangulares de trazado irregular, trapezoides, romboides, así como formas tubulares que van articulando la serie en lúdicas yuxtaposiciones de una extraña belleza maquinista. La capacidad de invención en estas secuencias queda subrayada por la originalidad dentro de la repetición, como un juego de combinaciones infinitas cuya aparente aleatoriedad responde, sin embargo, a un orden, a unas leyes plásticas que sólo el artista conoce.
No del todo se halla ausente aquí el mar, la vida marinera tan impregnada en el sentir cotidiano de Tomás Cordero, y con ella, aunque de una manera remotamente simbólica, el aire alegre del puerto de pescadores, en Punta Umbría, con las barcas pintadas a plena luz del día, el agua y sus juegos de luminosidades reflectantes. En definitiva, ese paisaje natal “abierto a las marismas o al inmenso Atlántico”, según lo describiera un día la siempre acertada y lírica pluma de nuestro querido José Ramón Danvila, comentando la obra de Tomás Cordero, pintor de poéticas geometrías.