Los griegos distinguían dos clases de tiempo: Cronos era el tiempo medible y dosificable, tiempo rutinario. Kairós, del que trata la exposición, es el tiempo profundo, con mayúsculas, el deseado con mucha antelación, el decidido para consumo propio, el que espera el momento adecuado, el que lo retiene y el que comprendemos que nos retiene, sabiendo disfrutar de la espera para después actuar. En palabras de Steven Poelmans: “el tiempo se gana por elección y se pierde por obligación”. ¿Cómo podemos cazar al tiempo? Con la flecha de la acción, dejando a un lado lo urgente y concentrándonos en lo importante. Lo importante es ponerse cada día al lado del árbol que nació el mismo día que nosotros y fotografiarnos junto a él. Todos los momentos son decisivos, pues como dice Victoria Cirlot, “la gracia aparece cuando quiere”, si bien aquel que la busca, el predispuesto, tarde o temprano recibe el viento que le transporta a la aventura. Así pues, el tiempo es nuestra más preciada materia materna, aquella que nos es más difícil comprender, por ser gemela univitelina del infinito, aquélla que no tiene ni principio ni fin, y es anterior a la propia Vida, como lo sagrado es anterior a las religiones. De este modo, la vida no transcurre y el tiempo tampoco: son. Tan sencillo y a la vez tan complicado. Nos movemos en una realidad con una textura inalcanzable para la imaginación. Si tuviéramos que elegir un espejo cercano para medir el tiempo, pensaríamos en nuestro propio cuerpo, reflejo de todos nuestros avatares vitales. El bailarín y coreógrafo Ismael Ivo, piensa el cuerpo como idea central de la relación entre tiempo y espacio. Nadie viaja por el espacio con el tiempo detenido. Lo contrario es posible, quedando el espacio alojado en la imaginación. Aquello que queda apresado en el tiempo es el sexo, previo al mismo Tiempo, pues sin sexo no es posible la multiplicación (“times”, como llaman a la operación matemática de multiplicar los anglófonos), del tiempo. En la India, el sonido de la flauta de Krishna es lo que hace nacer el mundo. ¿Será el sonido del reloj una reminiscencia del sonido primigenio que conformó nuestra realidad visible? Se observa una relación entre ese nacimiento con sonido y el alumbramiento humano con su llanto. Lo mismo que perdemos el cordón umbilical, pero nos queda su huella, así el gran reloj del Cosmos conocido perdió sus agujas al explotar, y ahora nos dedicamos a buscarlas. Ignorando el absurdo de buscar nuestro propio cordón materno, nuestra materia. Si el tiempo es vida y la Fe te da más vida, relacionemos la fe con el tiempo, porque quién nos dice que mañana va a amanecer también, en singular y en plural. El tiempo más elevado es aquél que no sentimos su presencia, aquél que es superado por la acción que realizamos, luego su esencia radica en no anotarlo, contradiciendo la paradoja de los anaqueles bibliotecarios. Para nosotros el mandala ideal del tiempo, no es aquél que domina un simbolismo numérico, aun siendo importante, sino otro con un simbolismo eterno, acotado por el verbo que cada uno tiene que escribir en vez de las cuatro señales horarias principales, correlato de los cuatro puntos cardinales. En la vertical, como un eje del mundo –celeste-, la A del comienzo y en el otro –terrestre- con la R de la acción y la M de mater y de materia. Como dijo el poeta, “somos seres en el tiempo”. Somos Tiempo.
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