La obra de
Naomi Siegman ha sido extensamente comentada. Graciela Kartofel
(1) y Mathías Goeritz entre otros, han logrado sustraer el comentario atinado, que amplifica de forma humanística y crítica, los múltiples sentidos inscritos en su obra.
Hoy, lo que me ocupa más bien, es la producción centrífuga de Naomi, ésa que la arroja al vacío y con la que reconstituye el orden del mundo, como si se tratase de una artista emergente.
Su constante intervención en diversos contextos de lo real es una acción que asume instintivamente, algo sorprendente en una artista con una carrera consolidada como la de Siegmann. Fácil y cómodo sería perpetuarse mediante múltiples variaciones de sus obras en madera. Pero en esta artista, eso sería un crimen.
En el ejercicio de separar lo esencial de lo demás para crear obras que exhiben técnicas y artificios de la duda, la artista conjuga una visión integradora de las estructuras simbólicas de los mundos de vida (cultura, sociedad y personalidad), con una sensible relación con la vida misma y las cosas vivas. Es por ello que mediante la ausencia de enunciaciones afirmativas, como es el caso de Bosque portátil, la artista manifiesta una poética ocupada con las fracturas de su tiempo donde lo único cierto, es la incertidumbre.
Mi primer encuentro con este tipo de obras fue en Verde Urbe, una exposición organizada por Original Múltiple. Allí vi a Quiote, obra realizada en cartón corrugado. Una suerte de naturaleza re-semantizada mediante otra naturaleza reprocesada, que invoca -como dijera Mathías Goertiz sobre la obra de Naomi- esa “extraña dimensión que es capaz de sugerir melancolía...”
Esto fue suficiente para que en visitas subsecuentes a su casa y taller, tratara de encontrar más de estas piezas.
Y así fue. Descubrí otras obras en cartón, también en hule, yeso y más recientemente, en acrílico y tableros de fibras de media densidad, mejor conocidos como MDF. Todas, mostrando aspectos de Naomi Siegmann inusuales y arriesgados.
Espiral, instalación realizada con hule de llantas, ejemplifica un raro caso de la obra que se construye a sí misma, a partir de diversas elevaciones en el espacio negativo. Su forma en progresión, simula con eficacia la fuerza que genera el movimiento dinámico.
Al trabajar la artista con esta clase de soportes, las consecuencias no son meramente de trastoque materíco sino que opera con la idea de lo yuxtapuesto, donde lo que “era” se desintegra ante “lo que es ahora”, poniendo fin a toda temporalidad perspectivista que evita la experiencia de la obra arte, en términos históricos.
La ausencia Baudrillardiana también es un fuerte componente en algunas de estas obras. Bosque de sombras, instalación realizada con tableros de MDF, hojas naturales y gasa, constituye un relato superlativo e irracional, como única posibilidad ante una realidad cruel: el desmantelamiento de bosques y áreas verdes en todo el mundo.
Una vez más, se logra apreciar esa noción de desasosiego en la obra Sin título, vegetación artificial realizada en cámara de llanta, que privilegia la representación de la realidad y que presagia la “desaparición de la naturaleza” como lo sugiere Fredric Jameson, “no porque ésta se destruya sino porque está cada vez más ausente” en el mundo postmoderno.
En una primera instancia, Herramientas y Serrucho, ambas obras realizadas en acrílico transparente, representan lo acordado en el consenso común de los signos. Sin embargo, la diferencia estriba en que encarnan la idea mediante la concreción de su fantasma. Justamente en esa paradoja radica su fuerza ya que no sólo logran una transformación como sujeto sino también con respecto a su uso y sentido entendido públicamente.
El impulso utópico-crítico, que mueve a la artista en todas estas obras, procura traer al orden de lo real los grados del ser humano que todavía son naturaleza. Sí, Naomi Siegmann reconoce en sus obras un futuro conformado por la incertidumbre pero muestra en ellas la certeza de quien aún sabe posible la “humanización de la naturaleza” y la “naturalización del ser humano”.