ARTEVEN.COM Arte Contemporáneo | VERA ANDRÉ - Pintura / Brasil-México
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TRAYECTORIA
 
1963
Río de Janeiro, Brasil.
Nacionalizada mexicana.
 
 
Cursó la carrera de Diseño Gráfico en la Universidad Anáhuac. México, D.F.
Ha asistido a diversos talleres de pintura, grabado y escultura.
 
EXPOSICIONES INDIVIDUALES

2006
Después del Viaje.
- Instituto Cultural de México en Miami. Miami, Florida, E.U.A.
- Centro Cultural Jardín Centenario. Coyoacán. México, D.F.
2005
Alquimia. Galería de Arte Misrachi. México, D.F.
2003
Guerreros. Galería de Arte Misrachi. México, D.F.
2001
Teoremas. Centro Cultural Ollín Yoliztli. México, D.F.
2000
Invenciones y Presagios. Casa de la Cultura Reyes Heroles. México, D.F.
1997
Vera André. Lomas de Vista hermosa. México, D.F.


EXPOSICIONES COLECTIVAS

2005
Arte Correo. República de Artistas 2005. Galería Wilfredo Lam. La Habana, Cuba.
Entrepisos. Galería de Arte Naturaleza Mexicana. México, D.F.
Sinapsis. Centro Cultural Ollín Yoliztli. México, D.F.
2004
Gráfica de San Rafael. Centro Cultural Italiano. México, D.F.
2000
Metamorfosis del Cuerpo. Corett, Sedesol. México, D.F.
Umbrales. Fondo Cultural Carmen. México D.F.
Rectificación Mundial. Cancún, Q.R., México.
1999
AyudArte. Museo de Arte. San Antonio, Texas, E.U.A.
Coloren el Alma. Cosulado de México. San Antonio, Texas, E.U.A.
Expo Arte. Museo de Arte del I.N.B.A. Cuidad Juárez, México.
Imagen Gráfica II. Escuela Nacional Danza Contemporánea. México, D.F.
Imagen Gráfica. Casa de la Cultura Reyes Heroles. México, D.F.
Colectiva. Casa Lamm. México, D. F.
1996
Arte Vivo. Lomas de Vista Hermosa. México. D. F.
1995
Oquen Arte. Interlomas. Edo. de México.
1994
Exposición Vicentina. Hotel Camino Real. México. D. F.

 
Vera André - foto 6
Después del viaje, 2006
 
 
TEXTOS
 
01.
LETRAS DEL ALFABETO
 
Por Magali Tercero
 

Para entender la pintura de Vera André importa saber cómo su sensibilidad de artista la ha llevado a unir la alquimia de lo material y lo espiritual desde un mismo hilo conductor: la búsqueda de significados profundos y transformadores del espíritu en cada uno de nosotros. En el pensamiento de Teilhard de Chardin, el destacado filósofo de la teología de la liberación, André encontró una idea central en sus indagaciones: "En la escala de lo cósmico sólo lo fantástico tiene posibilidad de ser verdadero". De allí el título de esta muestra, Alquimia. De allí las imágenes cuya texturizada paleta en ocres, sienas, rojos, azules cerúleos o blancos muestra como hijas del ensueño y la imaginación. La pintura intensa y sutilmente matérica de André busca develar con serenidad los puentes entre el "afuera" y el "adentro" de todo ser humano.

En la actualidad sucede, para decirlo con Hugo Ranher, importante estudioso de la Antigüedad pagana y el simbolismo, que "el hombre moderno carece de temor reverencial (...) de ahí que desconozca los símbolos del alma" y experimente, por tanto, un agudo sentimiento de orfandad. Los artistas de la Antigüedad se veían a sí mismos como amanuenses de Dios: para ellos una manzana era una letra del alfabeto divino y, en su esplendor y variedad magníficos, la naturaleza toda era la fuente simbólica del conocimiento sobre el mundo terrenal. Lo mismo ocurría con la ciencia alquímica, la cual, en la mayoría de las civilizaciones tradicionales, concibió la naturaleza como el escenario del sueño de un ser superior, y a la imaginación como la potencia espiritual que conduce al hombre al oro alquímico: a la posibilidad de intuir la esencia divina del ser humano.

Vera André llegó a la alquimia por el camino del arte, gracias a una temprana fascinación por los extraordinarios grabados de los libros antiguos dedicados a esta ciencia construida desde el anhelo de perfección moral, de la purificación del espíritu indispensable para acceder a la vida eterna. Leonardo da Vinci, el Greco, el Bosco y muchos otros grandes artistas utilizaron profusamente los símbolos y arquetipos de lo que, ya en el siglo XX, Carl Gustav Jung bautizó como expresiones del inconsciente universal. Por ello puede decirse que André es una artista decidida a recuperar esta vocación de espiritualidad de los antiguos, a compartir con nosotros lo único que importa: el viaje en sí y no el hallazgo final. En un siglo XXI tan escasamente espiritual y, por ello mismo, tan lleno de sectas fraudulentas, hacen falta artistas como ella.

 
02.
VERA ANDRÉ: LA PASIÓN POR LAS FORMAS
 
Por Miguel Ángel Muñoz
 
Siguiendo las huellas últimas de Ad Reinhardt, Balthus, la tranquilidad y equilibrio de Morandi, pero también la densa atmósfera de los colores e iconos orientales, la pintura de Vera André continúa puliendo su fascinante paisaje nocturno, ése que ahora nos muestra bajo la hermosa advocación de “pequeños símbolos”. Aunque no le falten antecedentes históricos, sobre todo, desde que la pintura naturalista descubrió el rendimiento melodramático del claroscuro, pintar nocturnos mágicos no dejó de ser rareza hasta llegar a nuestra revolucionaria época, que se hunde con pasión en lo insólito y paradójico. Pintura que empezó a destacar a fines de la década de 1990 para encontrar, cada vez mejor, su camino durante la siguiente del 2000, en cuyos últimos años ya se afincó en el trance pictórico de enfrentarse con la imagen simbólica del color, Vera André ha insistido en esa absorbente y huidiza plasmación del rojo, del ocre, del azul, donde rebullen todos los colores, pero al límite de su visibilidad, porque el horizonte así se achata entre tinieblas y se convierte en un telón jaspeado de inciertos brillos fugitivos. La linealidad narrativa que la propia artista nos impone al describir su evolución, induce a considerar como un sencillo intercambio de influencias el duro proceso de concreción formal. Todo un desafío. Las obras de esta artista se hacen en su tiempo, pero invocan una legitimidad de mayor alcance en contraposición con los genuinos modelos ideales a los que remiten: la estatuaria helénica preclásica, el mundo plástico del viejo Egipto y la conciencia artesanal del cantero renacentista. Curiosamente el dibujo es el núcleo de su trabajo.

Pero volver una y otra vez sobre el mismo sortilegio pictórico nunca es en vano y, en este sentido, la apretada fijación con que André ha mirado ese parpadeante espacio animado por turbios resplandores y la intensidad de su pugna plástica por lograr enjaretar las extrañas maculaciones cromáticas que pululan por la plana superficie cuando se extinguen las luces, poblando las noches de fulgores temblorosos y formas opacas, ha dado un estimulante fruto, de regusto hondo. Las formas crean un red de relaciones necesarias. El uso de una técnica que mezcla el grafito y el óleo proporciona a sus imágenes una textura entre lo mineral y lo orgánico, un paisaje que brilla como el carbón, pero también con la sensual suntuosidad de unas flores de ceniza. El blanco y negro de este jardín, con sus, a veces, cegadores contrastes, pero, otras, con su oceánico rebullir de ocres, nos va descubriendo también los azules y violetas cobalto, los sordos destellos del carbunclo; los mil matices que han convertido la visión mitológica de su pintura en un pozo lleno del color, los colores, los fríos visajes de esa belleza que acecha en la oscuridad para exclusivo regocijo de una vieja luna hechicera y de ese pintor que se planta bajo su mano. ¿Qué manera de vivir la pintura?

 
 
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